La indiferencia que nos devora
La imagen es brutal. En una sabana seca, un grupo de soldados dispara contra una manada de leones, sus cuerpos caen pesadamente sobre la tierra dorada. En otro escenario, pescadores con sus arpones atraviesan los lomos de un grupo de ballenas, tiñiendo el agua de un rojo profundo. La indignación es inmediata, las redes sociales estallan, los grupos ecologistas, animalistas se movilizan con urgencia y parece que a todo el mundo le afecta. La ira se transforma en protestas, en artículos furiosos, en llamados a la acción.
La naturaleza ha sido agredida, y eso nos duele. Nos ofende. Nos activa.
Pero, en otro rincón del mundo, niños caminan con cuerpos consumidos por el hambre, buscando un pedazo de pan entre los escombros. Mujeres y ancianos se desploman en calles polvorientas, sus fuerzas agotadas por la desesperación. Son los olvidados, los no rescatables, los que mueren a plena luz del día sin generar el mismo estruendo mediático. La brutalidad humana contra la naturaleza nos conmueve, pero la brutalidad humana contra su propia especie parece haber perdido peso en nuestras conciencias.
Era 1942. En algún rincón de Europa, el crujido de botas sobre adoquines precedía el estallido seco de un disparo. La vida se apagaba en una esquina, en un sótano, en un callejón cualquiera. Se sabía. Se murmuraba. Se temía. Pero no se veía.
Hoy, en la era del cristal y la luz infinita, todo es visible. Las llamas devoran hogares en directo, la desesperación se retransmite en alta definición y el hambre cruje bajo los pies de quienes no llegan. La muerte tiene horario de máxima audiencia, y aún así, apenas nos estremece.
Nos hemos vuelto inmunes?. O peor aún, nos hemos vuelto espectadores?.
Tal vez aún quede esperanza. En alguna grieta de la conciencia colectiva, en algún rincón donde la empatía no haya sido desterrada. Si miramos con atención, si sentimos el peso de la sangre ajena en nuestras manos virtuales, tal vez podamos recordar lo que significa ser humanos.
